Te miré. Atrapome tu risa. Aquella estrella fugaz que aparece y nunca avisa. Tu piel de bronce que a mi roce se vestía toda de caricia. Ese par de puños suaves que me cruzan sin malicia. La promesa de tus notas invitándome a cantar, la locura que acompasa tu risible caminar.
Contigo hablé. La culpa fue toda mía. Curioso colibrí que presto va, sin detenerse a pensar, que quizá nunca más se ha de volver a posar. Culpo a mi reflejo, repetido y más mío en tus sinfondo pupilas. Culpo también a la niña, que aún intacta aquí vivía. Sorpresa y encanto eran todo mi día. Del asombro a la paz; mi centro en tí yacía.
Te seguí. Sigilosa entré en la gruta de tus sombras fracturadas. Tus mentiras y sus causas; las frágiles derrotas que pretencioso ignorabas, el grito enterrado, el fleco mal acomodado, la particular orquesta de fallas que latías. Toda tu imperfección: elegante embustero escondido en los misterios que nadie habrá de conocer.
Nos dejé. Y es que siempre quise descubrir lo que allí no había. Una estatua de bronce, un lince de infantil lozanía. Un rico vagabundo que nada más quería. ¿Cómo mirarte y no gritar lo que tu ya sabías? ¿Cómo cantar tu canción sin sus notas fallidas? ¡Debiste aceptar que Zeus jamás serías! No en vano los dioses habitan la lejanía. Para finjirte perfecto basta distanciarte, anularte. Dejar de perseguir al día.
Ya ves, no en vano comprendí tus mentiras, celebré tus derrotas y suavizé tus heridas. Tan sublime halcón puede herir a la más viva. Me desgarra pensar que es a tí a quien terminas. Vete halcón, busca una cima, donde no temas gritar, ni desplegar tus heridas. Brilla. Yo sabré que en vano no te di mi vida.
No comments:
Post a Comment